El largo camino de la enfermedad (parte 2)

Los primeros días como enferma crónica oficial no pesqué. No dije nada en la oficina en que trabajaba en ese tiempo porque llevaba menos de un mes y pensé que me podían echar, aparte que ni siquiera tenía contrato. Al viernes siguiente mi pololo de tres años me dejó. Dijo que cuando supo que estaba enferma no se afectó tanto como pensó que debió haber sido y que, aún sintiendo pena, sintió que no tuvo de donde sacar la fuerza necesaria para acompañarme. Nos juntamos el último día en que yo podía tomar alcohol, antes de empezar el tratamiento con el “Meto” (los enfermos crónicos nos ponemos nerds y acortamos los nombres de los medicamentos). Se suponía que nos juntábamos a “mi última cerveza”. Al final fue “nuestra última cerveza”. Me acuerdo perfectamente de lo que me dijo, llorando: “Ahora estás enferma y siento que no puedo estar contigo como debería. Te fallé así que me tengo que salir de esto”. Las cosas a mi alrededor seguían desmoronándose.

Que él terminara conmigo para mí fue la prueba de que las cosas no iban a ser igual, que mi vida definitivamente cambiaba. Ya ni siquiera lo tenía a él, que yo pensaba que era la persona con quien podía contar a todo evento. Y no. Y lo entendí; yo no era un joya, era un cacho. También hubo otros motivos, claro, pero que yo me enfermara, nos dio el impulso definitivo para separarnos. Entonces me sentí sola. Seguro ya no había camino, quizás hasta tuviera que dejar de trabajar, no iba a poder seguir estudiando y a llevar la vida de pulcra felicidad que me había estado trazando, no había un camino.

El domingo 15, encerrada en mi pieza y no queriendo nada de la vida, me acordé del libro. Lo googleé y lo encontré en un doc, creo. Esa misma noche empecé y terminé. Quedé atónita, lloré mucho rato. Hasta ese momento solo podría haber visto la enfermedad, cualquiera que fuera, como una maldición, como un impedimento, un freno, una tara. El libro planteaba que era un camino para poder mejorarse, pero más allá de la desaparición del síntoma. Había que sanarse y vivir la enfermedad para poder estar mejor.

Era muy ansiosa en ese tiempo y me pareció comprenderlo todo. La tesis de “La enfermedad como camino” es que los síntomas son signos de cosas que andan mal en nuestro interior y que muchas veces es complicado sanarse, puesto que la medicina tradicional trata el síntoma y no la causa. En mi caso en ese momento, eran las articulaciones. Yo había visto a mi madre tomar remedios, ponerse inyecciones, ir a muchos médicos y hacerse exámenes todos los meses sin falta… y solo la había visto empeorar. También la había visto encerrarse en su enfermedad, vivir para estar enferma, hacer de la enfermedad su vida. Yo no quería hacer eso y en un principio mi idea de no hacer eso, era tomar la enfermedad como algo que no era tan importante. En suma, no quería verme, no quería reconocer lo que había pasado.

Leí con mucha atención la descripción que hacía el libro sobre los enfermos reumáticos. Leí por completo a mi madre y casi por completo a mí, leí algo en lo que seguramente me iba a convertir con los años. Era y aún soy, porque el camino de la enfermedad es muy largo, una persona muy autoexigente, con sentimiento de culpa y por lo mismo, siempre poniendo a los demás antes que a mí misma. Y por cierto, el libro me sacaba LA foto al decir que teníamos una gran “propensión a la melancolía”. Según yo entendí que tenía que preocuparme por mí y me di cuenta de que la situación en que estaba, por ejemplo, ya sin pololo y tampoco lamentándolo tanto, fue porque había quizás entregado demasiado sin siquiera haberlo querido de corazón.

Para mí en ese tiempo todas las cosas debían ser rápidas, y si yo en la teoría había entendido el cambio que tenía que hacer para mejorar, exigía resultados. De todos modos creo que entendí un poco al revés o quise tomar un atajo que no fue el más apropiado. Aún me lamento. Como me quedé soltera después de muchos años, me lancé a la vida. Seguí yendo al trabajo, no me relacioné mucho ni muy bien con las personas de ahí y hablé muy poco sobre mi enfermedad. En la casa era peleadora y seguí peleadora porque perdía la paciencia muy pronto. Ah, y el Meto me hizo estupendo así que al par de meses me sentía como si nada y hasta dejé de tomármelo. Me dije: “Entendí, ahora hago las cosas por mí y no por el resto”.

(Continúa y finaliza en la parte 3).

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4 Comments

  1. La parte 3, por favorcito. Linda Tam, tus textos siempre hacen sentir que uno es cómplice en tu vida. Gracias por entregar siempre eso, te querimoh.

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