La historia de mi dedo (parte 1)

(Estimo que serán varias partes).

“¿Qué le pasó en el dedo?”, dice depiladora n°1. “¿Y por qué tiene el dedito así?”, dice depiladora n°2. “¿Nació con un pedacito menos de dedo?”, dice depiladora n°3. “¿Y ese dedo le funciona igual que los otros?”, dice depiladora n°4. Desde que salí del hospital y he tenido la idea de ir a depilarme, he tenido que tomar aire ante este tipo de preguntas y contar la historia de mi dedo. Porque si mi dedo (medio dedo para ser más exacta) tiene nombre propio (Príncipe), es porque tiene historia propia, y gracias a él soy la persona que tiene nueve dedos y medio.

Sé que me lo van a preguntar apenas lo vean y es un imán de miradas quiéralo o no. Nunca he sido de conversar con las depiladoras, ni manicuristas (aunque me he hecho la manicure una vez), ni peluqueros (aunque tengo el mismo hace años y como atiende también a mis tías y a mi mamá, cuando voy en general ya está enterado de mi vida y de la evolución de mi enfermedad), pero desde que mi dedo se volvió mi coprotagonista, sé que tendré que hablar de él y hacerme a un lado. O al menos tendré que hablar de ambos, porque ninguno de nosotros logra hacer algo sin el otro, tal cual.

La verdad es que creo que a partir de la tercera depiladora que me preguntó por mi dedo empecé a inventar historias, sobre todo porque empezaban solas a imaginarse cosas. Una me dijo: “¿Se lo atropellaron?” Y yo le contesté: “Sí, fue en el campo, me pasó por encima del dedo la rueda de una carreta”. Pobrecita. La real historia no es tan abrupta pero sí es tan o más traumática. Mi dedo es para mí el niño símbolo de lo frágil que soy y todos los días cuando lo veo a la hora de la ducha sé que debo cuidarme, siempre.

Aquí empieza la verdadera historia de mi dedo

Amanecí en Punta Arenas cerca de las ocho, con una frazada doble de lana de oveja patagónica que pesaba una tonelada. Me dolía el cuerpo y de verdad la frazada me pesaba, sentía que no iba a poder levantarla. Me sentía afiebrada, pensé que me iba a resfriar por todos los cambios de temperatura y me quejé como casi todos esos días en la Patagonia, por el gusto que tenían por la calefacción extrema. Abajo, más fiebre, abajo donde terminaba todo, el dedo pulgar de mi pie derecho, lo sentía grande y latía por sí solo.

Me levanté y tuve mi último desayuno en el hostal donde ya me conocían, porque fue mi primera parada en el viaje también. Seguí pensando que me iba a resfriar, pero en el botín el dedo me molestaba cada vez más. Ese día tenía planeado visitar algunos museos más, pasear sin mucha planificación por Punta Arenas, así que me abrigué, no tanto, porque no era tanto el frío, y salí caminando hacia el centro, que estaba a solo un par de cuadras. Esa caminata fue dura, el dedo parecía crecer dentro del botín a cada paso que daba. Y empujaba, y se apretujaba contra el calcetín, chocando dolorosamente contra el cuero.

Entre al cibercafé donde también ya me conocían y le conté a mi hermano que no me sentía bien, pero que bueno, ya estaba por volver y que en Santiago veríamos. Ya era como mediodía y no, no mejoraba, era peor a cada momento, me pesaba el cuerpo, me dolía todo y además el maldito pie que no me dejaba caminar bien, que no podía apoyar. Viajaba a la 1:30 am del día siguiente y se me hacía que faltaba una era completa para que llegara ese momento. Tomé un colectivo para el mall de Punta Arenas no sé por qué, según yo para buscar un lugar donde almorzar… el pie derecho lo llevaba a rastras.

Cuando no aguanté más el dolor, me fui al baño del mall y me senté sobre un water. Me saqué el botín, me levanté el pantalón hasta la rodilla y me bajé la calceta. Vi el dedo: rojo, rojo, grande, hinchado, gordo. Dolía como se veía. Me puse a llorar del dolor y del susto. Estaba lejos de mi casa, sola, casi no podía caminar y no sabía lo que me pasaba. Me obligué a calmarme un poco, a pesar de que me dolía tanto, y llamé a mi tía Eli para contarle cómo me sentía en realidad. Creo que mientras lo hacía también lloré y dijo que me iba a ayudar. Que fuera al Hospital de Punta Arenas, que le avisaría a su colega de allá, a quien por suerte conocía, por cualquier cosa.

Así que tomé un taxi y me fui para allá, haciendo que todo mi cuerpo remolcara a mi dedo.

(Sigue en la parte 2).

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