La historia de mi dedo (parte 2)

Contacté a la colega de mi tía y me ayudó a hacer mi ingreso en la posta del Hospital de Punta Arenas. Lamentablemente, no recuerdo su nombre, pero de verdad fue un alivio que ella estuviera ahí porque aunque tenía mucha experiencia pasando el rato en hospitales, más que nada acompañando a mi tía, nunca yo había tenido que atenderme en uno.

De ahí, me senté en la sala de espera, llena de fiebre y de dolor, a… esperar. Yo creo que debo haber esperado cerca de una hora, pero se me hizo eterno. Sentía que me hundía dentro de mi parka, que mi cuello se encogía y que mi cabeza caía dentro de la parka, que me consumía porque mi cuerpo se sentía helado mientras estaba caliente. Lo que más sentía era que necesitaba alguien a mi lado, para poder apoyarme. Apoyarme en un sentido físico, poder caer sobre alguien, poder despreocuparme y solo sentir el dolor, el malestar de mi cuerpo y mi dedo. Eso pensaba. Me sentí sola. Y sabía que si hubiera tenido en quien recostar mi cuerpo doloroso, me habría sentido apoyada, de adentro.

En eso estaba cuando me llamaron y pensé que se me tenía que pasar cualquier clase de susto. Siempre dicen que las postas son malos lugares y esta no se veía tan mal. Había visto muchas veces la del San José y mi recuerdo más negro era el de un video que hicieron unos compañeros el último año de universidad sobre una noche de fin de semana en la Posta Central. Eran otra cosa. La Posta de Punta Arenas era un lugar tranquilo. A mi alrededor había señoras, gente anciana en su mayoría. Me los imaginaba a todos resfriados por culpa de la calefacción, igual que yo. No había sangre, gente accidentada, paros cardíacos, tajeados, no podía ser tan malo.

Y fue malo de todos modos. Me llevaron a un box de urgencias en que una enfermera me preguntó qué me pasaba. Le dije que tenía dolor de cuerpo, posiblemente fiebre y el dolor en el dedo. Todo eso fue anotado en una hoja rápidamente sin verme casi y me pusieron un termómetro. La enfermera desapareció tras la cortina después de anunciarme que ya vendría el médico. Luego llegó otra funcionaria a sacarme el termómetro y anotó, atención: 39,5°. Lo anotó sin alarmarse. Yo no sabía que eso era DEMASIADA FIEBRE, no me la había pasado enferma en la vida.

De ahí me quedé sola. Debo haber estado sola alrededor de una hora, sentada en la camilla, así como ya dije que me sentía. Después llegó el médico, un señor malhumorado que vio mi hoja de ingreso y se dio cuenta de que llevaba mucho rato esperando con fiebre muy alta y mandó a una de las funcionarias a “corregir” el horario en que yo había ingresado, poniéndole una hora más tarde. Así nomás, con corrector, ella le cambió la hora. Y él, me “atendió”. Más bien, me reprendió.

Me dijo que me lo había buscado, que me tenía que tomar unos paracetamol antes de tomar el avión porque si me notaban esa fiebre no podría volar, que estaba resfriada pero que no le pusiera color porque no era “para tanto” y que lo del pie, porque le mostré el dedo, que ya se ponía burdeo, era por el resfrío. Entonces le dije: “¿Usted me dice que el dedo está resfriado?” Sin arrugarse, respondió: “Sí, es una reacción al resfrío”. Escribió un par de cosas más, hizo que me inyectaran dipirona intramuscular y a la casa. O sea, al hostal. Y ahí estuve toda la tarde echada en el sofá con el pie con hielo a ver si se deshinchaba.

Llegué al aeropuerto de Punta Arenas arrastrando el pie, cojeando notoriamente y así subí al avión, con paracetamoles encima como me había dicho el excelente doctor magallánico (mis respetos y cariños a la gente de Magallanes, él fue la negra excepción a semanas de amabilidad). Como sabrán, los pies suelen hincharse en el aire, así que imaginarán que mi malestar empeoró. Sabiendo que no es lo más recomendable en un vuelo, me tuve que quitar el botín y viajar medio descalza. Además tuve que pedir un antiinflamatorio a la azafata porque sentía que en cualquier momento el dedo iba a reventarse, fueron tres horas interminables. Siempre digo que me gusta andar en avión; no fue así esa vez.

Cuando llegué a Santiago, mi mayor alivio fue el carro para poner mis cosas. Y apoyarme porque apenas podía caminar. Me encontré con mi papá en el aeropuerto, que me llevó a la casa y yo no pensaba ni podía disimular el dolor. Ya toda mi familia estaba enterada y a medida que iban viendo mi dedo, la preocupación entre todos crecía. Así que ahí se decidió que me llevaban al hospital para que me viera una dermatóloga, debía ser algún tipo de infección.

(Sigue en la parte 3).

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