La historia de mi dedo (parte 3)

dedo cheuto
Así más o menos se veía mi dedo antes del procedimiento.

Tal vez en esta parte de la historia sea conveniente empezar a fechar los hechos concernientes a mi dedo. Nos situamos entonces en el miércoles 20 de enero de 2010, justo un año y medio atrás. Esa madrugada llegué a Santiago y esa misma mañana fui con mi tía al Hospital San José, donde la dermatóloga dra. M. me vio en la buena onda, como un favor para mi tía, que trabaja ahí. Le conté lo que me habían dicho en Punta Arenas: que el dedo estaba resfriado. Claro, le causó más gracia que a mí el día anterior y me dijo que no, que estaba infectado, infectadísimo.

El dedo estaba feo y se me empezaba a hinchar el pie. La doctora me dio antibióticos y dijo que en un par de días la inflamación, la fealdad, el dolor y la fiebre debían empezar a ceder. Si no ocurría, tendría que regresar. Me fui para la casa a hacer reposo y antes que pasara un día, a la fiebre y todo ese dolor muscular, se sumó la artritis. Pensé que volvía por causa de la infección, me parecía que tenía sentido. Entonces ya todo me parecía bastante horrible porque definitivamente, no podía moverme. De pronto, como por un hechizo, uno bien malvado, era como si me hubieran desaceitado cada una de las articulaciones. Hacía tanto calor en Santiago, me llevaron a la pieza más fresca de la casa de mi abuela, que lamentablemente, tenía la cama más alta, así que ahí tenía que quedarme, y pedir asistencia si necesitaba ir al baño o moverme para cualquier cosa.

Así pasé miércoles y jueves. Más encima, cuando volví del hospital (agárrense los delicados), sufrí un pequeño accidente en el dedito. Explico cómo estaba. Tenía el dedo hinchado, rojo y quizás con materia, que nunca fue muy dada a salir, así que no piensen en pus. Debido a la hinchazón, la uña tendía a salir de su espacio, quedaba algo suelta. Por esos días estaban pintando el living donde mi abuela y los muebles no estaban en su lugar. Yo me movía con dificultad, saltando con el pie izquierdo, es decir, más torpe aún. En eso estoy cuando sin querer, le doy un chute, pero un chute cuático, a uno de los sofás, justo en el palo que llevan abajo, aterrizando sobre el palo con todo mi dedo y con nada más que el dedo. Sentí un dolor horroroso y un líquido tipo plasma empezó a salir, pero sobre todo, sentí que la uña definitivamente se había soltado. Y así quedó colgando. Pensé que podía dejarla así, porque iba a estar sin moverme… yo pensé muchas cosas que no eran nomás.

Al día viernes 22 de enero teníamos: dedo al aire, pie rojo hinchado, uña colgando, líquido con sangre saliendo de vez en cuando, fiebre que no cedía, dolor articular generalizado. Con todo esto, volví al hospital, no me quedaba otra. Me vieron de nuevo en la buena onda y me dijeron que me tenían que hacer un drenaje, pero para eso tenía que ingresar como todas las personas, lo que me pareció bien… por la urgencia, lo que no me pareció tan bien… y ahí me realizarían el procedimiento. “El procedimiento”, a mí nunca me habían hecho un “procedimiento” y no se me hacía que la dipirona intramuscular de la posta de Punta Arenas contaba (con todas las inyecciones que recibí en el mes y medio por venir, definitivamente no).

Pasé con mis dos tías y me empezaron a hacer el ingreso. En el San José, aunque había mucha más gente, todo me parecía más serio y más organizado que en Punta Arenas. Creo que afuera se quedó esperando mi papá. La verdad solo creo, me acuerdo que me llevó de vuelta a la casa, pero no sé si estuvo toda la mañana… disculpen si a veces contando me olvido o confundo cosas, pero ya ha pasado un buen rato y además fueron tiempos complicados, si se entiende…

Me acuerdo que me hizo mucha gracia que en la pulsera de ingreso decía que yo tenía 21 años. Me juraba lolita y trataba de presumir de ello. Esos días aún me quedaban ganas de presumir de algo y aún me juraba mina o la última chupada del mate o el hoyo del queque. Con un dedo podrido, pero regia igual, según yo. Ahí estuvimos esperando un rato, fue durante la mañana creo, a que me hicieran el procedimiento. Entonces me hicieron pasar a un pabellón de la Urgencia, un lugar hermoso, inolvidable, que más abajo paso a describir.

(El próximo pasaje podría ser desagradable para algunas personas).

 

Después de un rato sentada en silla de ruedas (desde ese momento mi vehículo oficial) afuera del pabellón de Urgencia, me tocó entrar. Llegó el cirujano, cuyo apellido no recuerdo, lo siento, y me pusieron en una camilla. Estaba con mis dos tías, que aprovecharon de asistir en el procedimiento. Lo que iban a hacerme era lo siguiente: iban a cortar un poquito donde nace la uña para drenar el abceso* y así poder tener mejor control sobre la infección. O sea, mi dedo era un saco de pus. Ese día aprendí que el Príncipe además tenía otra denominación: ortejo mayor derecho.

Echada en la camilla aprendí que los dedos del pie son “ortejos”. Si el cirujano hubiera esperado a que tuviéramos paz y tranquilidad para hacerme el drenaje, quizás aún estaría sentada en ese pasillo. Por eso, tuvimos que compartir el quirófano con dos casos más. Justo a mi lado había un joven de unos veinte años, creo, porque su rostro era irreconocible, que había sido asaltado, muy asaltado. Recuerdo sangre y un rostro deformado, ojos de boxeador y todo lo demás era sangre. Tajos en los brazos, sangre. Se quejaba todo el tiempo, gritaba, yo lo miré un poco, impresionada. Tal vez había peleado, pero dijo en su ingreso que había sido un asalto. Unos internos lo atendían, no sé bien qué le iban a hacer… todo tipo de curaciones, imagino. Apenas sí podía imaginarme su dolor. A mí me dolía mucho el dedo, pero me imaginaba toda esa carne viva, ardiendo, quemando… y la sangre haciendo púrpura una polera azul.

Al frente de ambos, el otro paciente. Si el chico ensangrentado me quitaba el dolor, el viejito que estaba en la otra camilla me quitaba la tristeza. Era un pobre viejo que llevaba días, no sé cuántos, sin hacer caca, y se le había formado un fecaloma, o sea, un pedazo duro de mierda que simplemente no quería salir. Entonces tenían que sacárselo. Como fuera. El señor lloraba, gritaba, se quejaba. Por mientras, por donde yo no veía, le realizaban su procedimiento, que por suerte, no era el mío. Lloraba, decía que no quería. Yo tampoco quería que le hicieran eso. El señor luego se transformó en un solo quejido, solo quedo eso de él y le dijeron que tendrían que internarlo, porque al parecer tenía algo más grave.

Entre eso dejé de esperar. Lo que más recuerdo era el olor a mierda del pabellón, aunque ya se habían llevado al caballero, pero quedó pegado el hedor en la sala. Y yo tenía que hacerme la valiente. Para drenarme iban a ponerme anestesia local, lo que me hizo pensar que estaba todo controlado. Error. Aún recuerdo esos pinchazos como uno de los dolores más grandes que he sentido… y eso que ahí recién estaba empezando con “los procedimientos”. Recuerdo haber visto al médico enterrándome la aguja con fuerza, con saña según yo, en mi dedo regordete, en la parte donde nace la uña. Y sentir un dolor horrendo. Y que me decía que no le pusiera. No importó. Me quejé, no me acuerdo si grité pero me quejé con ganas. Al menos fueron unas cuatro veces que me pinchó y a los segundos se fue ese dolor tremendo y el dedo también desapareció de mí.

Yo podía mirar, así que miré. Me hicieron unos cortecitos y como el abceso parece que era mucho, me sacaron la uña. Chan. Con un alicate la tiraron y ni lo sentí, apenas tuve una idea de que la uña salió. Después no miré más pero sentía que me hacían el dedito de un lado al otro y una pequeña sensación de que me tajeaban, de que cortaban carne. Me limpiaron con mucho suero fisiológico, una ducha fresca para mi dedo que llevaba días punzado por ese dolor. Al médico le pareció que lo mejor, lo más higiénico, era sacar la uña, para que así el pus pudiera salir y no volver a abcesarse, quedarse ahí atascado y atrasar más la recuperación. La infección tenía que irse.

Se fue la uña para nunca más volver. Me dijo el médico que si la matriz finalmente no resultaba dañada con la infección, volvería a salir. Yo pensé esperanzada aún: “Saldrá”. Ese día pensé eso, pero poco después, empecé a olvidarme de que alguna vez tuve uña. Ese viernes, 22 de enero de 2010, mi dedín Príncipe comenzó a ser diezmado. Perdió su uña, que nunca más regresó.

Me fui para la casa con el pie muy vendado, ya coja sin vuelta aunque no muy asumida todavía, y me dijeron que el lunes tenía que ir a curación, no necesariamente al hospital, solo con suero y que me cambiaran las gasas. Además tenía que seguir con los antibióticos y me pondría bien. Seguro.

(Lea cómo de dedo rojo nos fuimos a negro en la parte 4 de esta historia).

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2 comentarios en “La historia de mi dedo (parte 3)

  1. Hola Tamara si bien no sufri el mismo problema de tu dedo me siento muy identificada con todo esto de el ingreso al hospital nunca voy a olvidar cuando fui a la consulta de un medico (particular) y me mando directo al hospital, y tuve que pasar por todo eso de urgencia, esperar mucho para al fin estar en una cama, ya que en ese tiempo era lo que mas queria porque tenia una anemia horrible y muchos otros dolores entre los que se cuenta la artritis, ojala muchas personas que no tienen lupus pudieran leer esto e imaginarse un poco lo que nos ha tocado pasar , si bien ahora nos vemos como personas muy normales muchos dias igual despertamos con algunos dolores o falta de animo cosa que ellos ni se imaginan…Saludos y felicitaciones por tu blog una vez mas, me siento muy identificada.

  2. Me pasó algo parecido, hace poco, pero no perdí mi dedito mayor de la mano izquierda!!! (menos mal). Hace 8 meses me diagnosticaron lupus, y he estado super bien (algún dolor articular de vez en cuando, pero soportable). Hace aprox. 1 mes y medio, mi dedo mayor (el de al medio) de la mano izquierda me comenzó a latir, me dolía mucho. Según yo, era por que me había cortado las uñas y me había pasado a llevar. Pasé el día en la pega con dolor, mirando mi dedito como se inflamaba cada vez más. En la noche, no dormí nada, de puro dolor, pensando que si iba a la posta (vivo en San Pedro de Atacama) me iban a mandar en bus a Calama. Ya en la madrugada, no aguantaba más del dolor y mi dedo estaba inflamado al máximo (parecía que tenía un alien al lado de la uña tratando de salir!! jajaja). Fui a la posta, donde la enfermera ya me conoce (mi novio es un poco exagerado con mi enfermedad y si me duele el pelo me lleva a urgencias en la posta :p) y al ver mi dedito, me dijo: tenemos que drenar! Te picó un bichito y no puedes andar con esa infección por la vida. Como me hago la valiente, y no hay muchos medios en la posta, me drenaron sin anestesia! Salía material de mi dedito sin parar, pero el dolor se pasó. Cuento corto, estuve 2 semanas con antibióticos, un mes con el dedo vendado, rogando por que mi uñita no se cayera, haciéndome curaciones dia por medio, pero mi dedo es inmortal! No perdí la uña y ahora no le muestro mi dedo vendado a nadie! jejeje

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