La historia de mi dedo (parte 5)

El día que llegué al Jota

El día que llegué al Jota, haciendo estupideces.

No sé cuánto rato estuve en ese pasillo, después me llevaron a una sala en la Urgencia donde quizás hasta pasaría la noche, al lado de una señora a la que ponían plasma o algo similar. De pronto, empezó a ponerse colorada y a jadear… me imaginé que le estaba dando una reacción alérgica. Eso era. Me asusté y llamé a la gente pero estábamos algo alejadas de los pasillos y nadie venía. Yo no podía pararme y quería ayudarla. Al rato apareció alguien y la normalizaron no recuerdo cómo… no quería quedarme ahí y estar pasando sustos. Me acuerdo que hacía mucho calor también.

Cerca de las diez de la noche me pasaron a sala oficialmente, no me acuerdo en qué sección del San José estuve ni en qué piso, pero sé que la primera noche estuve en una pieza con dos mujeres más. Todo me parecía tan triste y con un cierto sabor a precariedad, no por parte de los funcionarios, sino por parte de las enfermas que estaban ahí, que estaban como en un estado de normalidad y resignación con respecto a su mala salud y yo no lo entendía bien. Me hacían preguntas sobre lo que me había pasado y yo explicaba solo lo que sabía: “Creo que me entró una infección al dedo y además tengo artritis, quieren ver qué es”. Esa era toda mi información y en realidad era la misma que tenían todos, al otro día se iniciaría la investigación.

Entonces comenzaron mis días doctor House. Exámenes, exámenes, exámenes, exámenes. Me sacaron sangre y se descubrió que mi sangre estaba hecha un desastre, un desastre apocalíptico. Anemia era lo menos; lo más grave era el bajísimo recuento de leucocitos que me estaba quedando. En breve podría haber muerto, porque defensas casi no tenía. Todos sufrimos y temimos. También me acuerdo que sufrí montones cada vez que me tomaban radiografías del pie. Yo estaba hinchada por la artritis y apenas podía moverme. Tener que ponerme sobre la mesa de rayos X y apoyar el pie era una tortura, solo superada por la tortura mayor de tener que poner el pie de costado, pegando el dedo malo a la mesa misma. Quería llorar todo el tiempo.

Tengo el buen recuerdo de un enfermero que era como más grande (no quisiera decirle viejo porque no es la idea) y me da lata no acordarme del nombre para ponerlo aquí. Él me curó el pie y debo decir que en ese momento me dolió mucho. Tenía que limpiarme, sacarme lo feo que salía del dedo, que era materia amarillenta que parecía encostrarse entonces no podía quedarme así. Más encima en ese tiempo era muy cosquillosa en los pies, entonces me tomaba y yo por reflejo echaba el pie para atrás. Me decía que no tuviera susto, que no hiciera alharaca, pero no era por eso… me daba risa (dentro de todo me daba risa).

Me llevaron a una pieza sola y empezó mi aislamiento, el que finalmente duró como un mes y medio. Debo reconocer que no me parecía mala la idea porque en ese tiempo era muy huraña y no me gustó lo conversadoras que era las pacientes de la otra pieza. Llegaron mis amigos y nos reíamos un poco de la situación, sin imaginarnos que el verano terminaría así, en una pieza de hospital.

Por otra parte, me empezaron a hacer exámenes de anticuerpos y ese estilo. Tenían que hacerme también el test de ELISA y pasé una situación desagradable por causa de eso. Una vez cuando estaba en la universidad ya me lo había hecho y tenía entendido que uno tenía que llenar un formulario y dar un consentimiento. El día viernes 29 de enero en la mañana llegó un médico con una cara muy seria a interrogarme por mi vida sexual. Lo encontré fuera de lugar y me molesté, dijo que yo poco más debía “confesar” si había tenido alguna conducta de riesgo porque después del examen se iba a “descubrir”. Yo pensaba: “¿Y si tengo Sida cuál es el asunto? ¿por qué me lo viene a decir de esta forma? ¿si tuviera Sida cree que es algo tan sencillo de llevar?”. Y yo además sabía que no era así. No tenía por qué contarle y me negué a responderle, además que el consentimiento no estaba por ninguna parte.

Tuve suerte, la fortuna de no volver a verlo, porque lo encontré desubicado. Al rato llegaron a avisarme que me iban a trasladar. Yo pensé: “¿Traslado?” Nunca había siquiera estado enyesada ni nada y ahora hasta me iban a trasladar a otra parte, entonces me asusté otra vez. Mi tía me explicó que me llevaban al hospital de la Chile porque había más médicos, más especialistas y podrían ver qué era lo que tenía. Me preocupé por la plata y me dio tanta pena porque estaba sin trabajo y mi familia cómo iba a pagar ese lugar. Me explicaron que me trasladaban por un convenio del Servicio de Salud así que el San José seguía haciéndose cargo de mí. Desde ahí me sentí como con un taxímetro y subía y subía la tarifa a cada minuto.

Así como en las series de médicos (para mí todo lo que me pasaba en esos días era como estar en las series de médicos) me agarraron con las sábanas y me pusieron en una camilla. No caché por qué parte del San José salimos hasta la ambulancia a pesar de que conozco el hospital bastante bien. Salimos al sol, había mucho sol y me encandilé. Cerré los ojos muy apretados para escapar del sol y quise sufrir, sufrir por lo que me estaba pasando. Me costaba porque nunca me permitía sufrir. Pero algo tenía adentro y era la tristeza más grande de todas, yo lo sabía a pesar de que no la dejaba salir. Desde la ambulancia solo veía ramas de árboles y sol y todo era dar vueltas, aunque los hospitales están uno al frente del otro. Ni idea el trayecto que hicimos, veo ahora puras ramas de árboles y el sol metiéndose entre ellas. Debí haber aprovechado ese solcito.

Me hicieron el ingreso en “el Jota”. Así le decían antes y así lo conocíamos mayormente. Tenía recuerdos de infancia de ese hospital. Mi tía creo que hacía su práctica en la Farmacia y mi recuerdo era este: yo muy chica caminando muy rápido tomada de su mano por un pasillo oscuro y en el techo muchas mangueras, cañerías… de cuando en cuando un tubo fluorescente. Yo apurada para alcanzarle el paso, mi tía caminaba muy rápido o yo era muy chica o ambas. Debo haber tenido como tres o cuatro años. El techo, siempre el techo y todo como en penumbras. Piensen en los túneles del metro, como en esos conductos de cables que hay y en medio los fluorescentes. Lo mismo, pero en el techo. Pensaba en eso cuando me hacían el ingreso, yo toda afiebrada.

Me llevaron (si se fijan, todo es “me llevaron, me hicieron, me curaron, me pusieron, me agarraron”; uno pierde toda su autonomía cuando está enfermo y es algo que se aprende de forma muy traumática y repentina) a la sección de Nefrología y no entendía bien por qué. Porque iban a investigar, me dijeron. En realidad me salieron todos los exámenes como las pelotas y el dedo era el niño símbolo solamente. Algo así como la gota que rebasó el vaso, la alerta de que algo más andaba mal. Lo cierto es que todo lo demás estaba mal. Y al dedito había que identificarle el bicho, para poder empezar a tratarlo. Así fue como se sucedieron unos cinco días doctor House más.

A la primera persona que conocí en el hospital fue a la señora Mary, que era la jefa de las enfermeras en la sección. Demasiado seria a primera vista, me recibió y me llevó a la sala de enfermos. Yo la miraba ceñuda y ella me miraba ceñuda, porque yo me había amurrado y cooperaba poco, apenas respondía a las preguntas o le contrapreguntaba pesadeces. Patuda, apenas podía hablar y hablaba puras huevadas. Al rato vio mis exámenes del San José y cachó que era como un pichoncito enclenque, así que me aisló. Siempre estaba seria y yo le tuve algo de susto, aunque me recordaba demasiado a una profe del colegio, la Miss Palacios, de hecho, tenían un peinado similar y color de pelo medio rojo.

La señora Mary quiso encargarse de mi dedo de inmediato y me hizo la primera curación de todas que no me dolió nada. Cada persona nueva que me veía el dedo era como entregarse, jajajaja, y yo lo hacía a regañadientes. Pero fue como: “Aquí está SU dedo, señora Mary”. Yo se lo confié con todo gusto. Y mis venitas también. Me hizo el hemocultivo pero empezaba el fin de semana así que básicamente cualquier diagnóstico o tratamiento posible quedaba en stand by hasta el lunes.

(¡Gracias por leer! Seguiré pronto con la parte 6).

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3 Comments

  1. ..la sra mary es bkn, sekisima..see es seria,pero de pura cara cn el tiempo agarra papa y hasta tira tallas,solo ella puede sacar sangre de mis hilitos de venas..cada vez k paso x ahi, subo a saludarlos a todxs…besos y estrellas tamy

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