La historia de mi dedo (parte 7)

TAC de mi pie

TAC de mi pie del 20 de febrero.

Era el 12 de febrero y de ahí en adelante vinieron diez días muy malos. Los más malos de todos. No sabían si era el Lupus o qué, porque mi dedo se veía más o menos sano, limpio, desinfectado. Lo esperado era que en algún momento cicatrizara y volviera a verse como un dedo. Mentira. Me examinaban todo lo lúpicamente posible y todo iba en alza, todo mejoraba con el tratamiento. La fiebre seguía, yo seguía decaída, aunque se me iban quitando los síntomas como artritis y el derrame pleural se reabsorbía.

Me trataban y examinaban, me trataban y examinaban y la señora Mary seguía con sus curaciones. El dedo lucía bien y yo lucía como el hoyo (disculpen la expresión, pero es la que más se acomoda a mi estado). De por sí el Lupus hace que una se sienta fea, porque en cierto modo, se pone una más fea que lo normal. Había bajado de peso, estaba chascona, sucia y además, peluda. No peluda como ahora por los corticoides, sino porque llevaba ya un rato sin depilarme. Me cargaba, porque mi vanidad me enloquecía cada vez que iba uno de los internos a examinarme, interno que dada mi situación de encierro yo ya encontraba guapo (ahora creo que ni de cerca lo sería).

Él iba con los reumatólogos, entonces me agarraba las piernas para ver su movilidad, su hinchazón… y ahí yo toda tarzanesca me quería morir de la plancha. Entonces un día pedí a una amiga que me llevara la crema Veet y encerradas en la pieza, me depiló. Quedé más feliz que la cresta y en la noche, más encima, clandestinamente, me comí una magdalena que me habían traído de la casa, porque pasaba muerta de hambre. No daba más de alegría, dentro de lo que se podía, entonces, como en el Antiguo Testamento cuando la gente se portaba mal y diosito los castigaba, me tocó a mí también.

Pasaron como cinco minutos desde la magdalena y empecé a sentir un ardor horrible en la garganta. Se me hinchaba, se me hinchaba y cada vez podía respirar menos. Me picaba, me picaba la boca también. Y no supe cómo pero me hinché toda. ¿Usted ha visto a los boxeadores machucados? Así estaba yo. Pasé la peor noche de mi vida, pensé que me iba a morir. Todo lo que yo era era un saco de líquido. El edema y yo, un solo corazón (?). Sufrí, sufrí, lloré, me desesperé. Estaba con mi tía Irene y las horas pasaban lento, me iban a ver poco porque esa noche llegó un enfermo nuevo. Tampoco había mucho que hacerme, tenía que desinflarme sola, creo. Me dolía la cabeza, dejé de ver bien, me eché a un lado de la cama, a llorar, a llorar mucho rato, muchas horas. Y me ahogaba más.

Lo único que quería en ese momento era que mi papá estuviera ahí pero a la vez pensaba que si llamábamos en la madrugada, todos iban a preocuparse mucho. Hablábamos con mi tía Eli, pero parecía que no había mucho que hacer conmigo. Tenía tanto tanto miedo. Y yo me perdía, se me achicaban los ojos, se me agrandaba la boca y no podía hacer nada, ni siquiera moverme, salir arrancando, ni siquiera gritar. Como a las seis de la mañana, al fin, llamé a mi papá y le dije que estaba muy mal, que necesitaba que estuviera ahí conmigo.

Llegó y le dije: “Soy un boxeador muy golpeado”. Se debe haber espantado de verme así. Yo no me veía pero me lo podía imaginar. Y a todos los veía cuatro veces, me volvía loca porque todo era cuádruple y pensé que siempre, siempre me iba a quedar viendo así. Después en la mañana llegaron los médicos y si eran seis yo tenía veinticuatro personas en mi pieza mirándome y preguntándome cosas. Ni siquiera sabía bien cuáles eran los reales y cuáles las copias, no sabía bien de dónde venían las voces tampoco. Era horrible.

La conclusión era que algo no estaba mejorando y si el Lupus sí, el único otro rebelde posible tenía que ser él: mi Príncipe.

Los días entre el 12 y el 20 de febrero se me hacen confusos. Estuve sintiéndome mal y viendo mal, muy perdida y muy triste. Sé que el 20 de febrero era el cumpleaños de mi ex, que había estado cuidándome mucho todo ese tiempo y que me dio mucha pena llamarlo por teléfono para saludarlo. Tampoco quería apenarlo a él. Era sábado. Los sábados eran los días más fomes de la tierra en el hospital. Excepto cuando me hacían exámenes, porque al menos algo de actividad tenía. Por esos días me hicieron resonancias magnéticas, cientigramas óseos y justo ese día me hicieron un TAC al pie.

Pasó el fin de semana y llegó uno de los días más intensos de mi vida. El lunes 22 de febrero amanezco y escucho lo siguiente en la ronda de cambio de turno en el pasillo de la sección. Un médico que jamás me había atendido pero que se enteraba de mi caso dice: “Osteomielitis… entonces ese dedo se perdió, ¿cierto?”. Osteomielitis. Jamás había escuchado esa palabra, pero el único dedo que podía perderse en la sección era el mío. Iba a perder mi dedo, me lo iban a cortar, no sabía bien, pero tenía “osteomielitis” y el dedo se iba. Estaba desayunando y no pude seguir comiendo. Me puse a llorar, me sentí horrible. Lo que más me dolía era la forma en que el tipo lo decía. Me sonaba que para él era como cortarse la barba, como si un día yo me pusiera frente al espejo y dijera: “A ver, me voy a cortar chasquilla”. Pero no, era un dedo.

Un poco más tarde llegó la doctora Ebner, que no tenía ganas de cortarse la chasquilla, sino que se veía realmente afectada con lo que pasaba. Entonces me explicó que la infección que parecía controlada por fuera, había llegado hasta el hueso y la articulación, eso era una osteomielitis. Gracias dra. Ebner. Preocupada, ella ya había ido a hablar con traumatólogos para ver qué se podía hacer con mi dedo, porque ella no quería cortármelo. Me tenían que operar y quitar el bicho del hueso, o sea, sacar todo lo que estuviera infectado para que no se siguiera expandiendo (y evitar perder al Príncipe). Llegaron dos traumatólogos, que vieron mi dedo. No estaban muy seguros de la operación, sobre todo porque no tenía mucha piel e iban a tener que abrir y dejar todo muy expuesto… ¿sobre qué iban a cerrar la herida si mi dedo en sí era una gran herida?

Entonces se fueron, pasó un buen rato y volvieron con my hero: doctor Pablito Silva (un saludo para él, que ahora hace su beca en el San José además). No sé qué mula le vendieron pero él sí estaba dispuesto a operarme. Un “aseo quirúrgico”, bello nombre para la extracción del demonio que me tenía hace más de un mes fuera de circulación. Y él, con todo respeto, también era lindo, hermosos ojos. Yo, una doncella en apuros, reales apuros, me entregué. Y se decidió que ese mismo día a las 20 horas iban a operarme.

Primero estuve feliz, después estuve aterrada. Nunca me habían operado de nada. Lo más cercano a un quirófano fue cuando me quitaron la uña. Ahora tenía miedo. Tenía la tal “osteomielitis” y me iban a quitar lo que fuera necesario para luego poner puntos en una piel inexistente. No entendía nada de la anestesia, ni de nada. Fue un día entero de pura angustia, esperando a que me llevaran a pabellón. Lloraba, no quería hablar con las personas que me llamaban, estaba tan preocupada.

Llegó la hora y me bajaron al segundo piso. Ahí me despedí de mi papá y una de mis tías. Arriba quedó mi mamá y mi otra tía. No me acuerdo cuál hizo qué cosa, lo siento. Estaba oscuro al salir del ascensor. Me despedí y me sentí muy sola pero iba con uno de los queridos funcionarios de la sección, que tampoco me acuerdo bien quién era. Me dejaron en la camilla cerca de unos escritorios. Me ingresaban para operarme o algo así. Entonces llegó el doc y me avisó que nos demoraríamos un poco más porque llegó una señora de urgencia que no sé qué le pasaba. Para esperar me pusieron en la sala de post operatorio. Les ahorro el relato de todo lo que vi, pero había sangre, dolor y anestesia. Por sapa me pasó que vi unas cuantas otras cosas desagradables porque dejaban algunas puertas de los quirófanos abiertas. Así esperé como una hora y pensé que arriba se iban a preocupar si no les avisaban que estábamos atrasados porque no debíamos tardar tanto.

Hasta que me tocó. Me llevaron a mi sala de operaciones y como en las series de doctores, me pasaron a la mesa de operaciones, pero ya no me impresionaba porque me lo habían hecho como cien veces para diversos procedimientos. Arriba estaba ese foco digno de abducción y me sentí como en la autopsia de Roswell, bacán (?). Entonces llegó la anestesista que me preguntó si por el Lupus había tenido pérdidas. No entendí. Era si había perdido guaguas, le dije que no, que no sabía. Me dijo que las lúpicas perdían las guaguas, y yo no lo sabía hasta ese momento (pero bue, era por el antifosfolípido que lo tengo negativo por suerte).

Entonces ella con una voz suavecita me empezó a vender la pescá para ponerme la epidural sin que yo chistara. Hizo que me sentara y me pusiera medio acurrucada. Hizo que un auxiliar grandote me afirmara “por si me quería arrancar” (excelente chiste dado que estaba coja, desnutrida e inmovilizada hace un mes) y me dijo que primero me iba a poner una anestesia local y que me iba a servir como analgésico para las horas posteriores a la intervención. Dijo que iba a ser como una picada de abeja, pero jamás me había picado una abeja así que no pesqué. Me dolió un poquito, ni tanto. De ahí vino la epidural que la recordaré foreva hasta que tenga un hijo. Me dijo: “Vas a sentir un pequeño empujoncito” y ¡paf! Me champó la hueá. Conchesumadre la sensación rara. Sentí el líquido entrar fuerte por mi espalda y escurrir hacia mis piernas. Primero la izquierda, después la derecha y acto seguido, nada existía de mi cintura para abajo.

Me dijo: “¿Quieres dormir?” Le dije que no. Estaba acostada otra vez. “¿Estás nerviosa?” Le dije que sí, que nunca me habían operado. Me dijo: “Te voy a poner un pisco sour para que te relajes”. Me metió un hermoso y agradable líquido blanco. Entonces pasó una hora o más de pura felicidad. Escuchaban música y yo cantaba lo que podía. Al cabo de un buen rato aparecieron los bellos ojos de Pablito Silva y me dice: “Estamos listos, todo salió bien”. De fondo sonaba la canción de Adrenalina. Y yo lo único que mantenía en la cabeza era: “Baila baila sin pensar, baila baila sin parar, ¡baila y no pienses nada más! Uooo”. Mientras me sacaban al post operatorio alcancé a ver la hora, eran más de las diez. Volada, me acordé que arriba en el Festival de Viña, que empezaba ese día, estaba el Coco Legrand (y que me lo estaba perdiendo).

(Se viene la parte 8, “Edición especial Terremoto”).

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5 Comments

  1. Ufff!! que día ese, no sabes cuanto me recriminé el haberte dado esa magdalena…me sentí la bruja mala de la Blanca nieves… cuantas cosas pasaron por mi cabeza….y ahora gracias a Dios estas cosas las puedes contar tú como algo anecdotico pero puchas que las vimos negras, aunque creo que lo mejor de todo fue cuando te dejé como tortuga sobre su caparason….sólo quería darte en el gusto..jijijii.
    Un abrazo grandote…te quiero mucho.

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  2. Espero con ansias la octava parte!!!!!!!! jajaja, se ha vuelto una especie de adicción leer tu blog. Y la epidural :S, es una de las razones por las que me da terror tener hijos!! Ahora tengo la excusa del lupus, pero después???? que le digo a mi novio? jajajajja.

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  3. Me encanta el relato de esta pesadilla que ahora poco a poco comienza a convertirse en anécdota. Trato de que se junten dos o tres capítulos para leerlos de corrido y no quedarme esperando tan impaciente el siguiente.
    En éste me encantó eso de la anestesia tipo pisco sour, te imaginaba como Lisa en ese episodio de Los Simpson en que le dan antidepresivos y ve puras caritas felices.
    A mi como a los 15 me operaron de un pie y recuerdo que la morfina me daba tal felicidad que llegué a comprender la adicción de Michael Jackson. Te dejo un abrazo para seguir leyendo.

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  4. Te entiendo tanto cuando lloraste y lloraste porque te hinchabas! … yo me tome el antibiotico que me habian recetado en el trabajo (soy cajera de unsupermercado) y me instale a atender gente, de pronto de a pokitito empece a ver mal … hasta que fui al baño y me vi!!… hinchada igual como los boxeadores, llame a mi mama y me fui donde estaban las supervisoras… yl lloraba y lloraba y mas me hinchaba y menos veia… me decian pero trankilicese … pero como me iba a trankilizar si no veia nada a mas de 10 cm. y apenas podia hablar porque tenia los labios mas grandes que podria tener!! … ahora me rio, pero ahora me da hasta miedo tomar antibioticos xD

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