La historia de mi dedo (parte 9 y final)

Dedín y yo tomando sol por un instante.

Príncipe y yo tomando sol por un instante, la foto la tomó Dani Pérez ❤ (disculpen la palidez pero es lo que hay cuando los rayos UV están prohibidos, uds. me entienden seguro).

La semana posterior al terremoto seguimos pegados a la tele y a las réplicas. De a poco nos fuimos acostumbrando y el susto fue pasando. Hasta el día de hoy, nunca más arranqué de un temblor ni me volví a asustar. Después de la operación, mi objetivo consistía en recuperarme y lo más importante: volver a caminar. Seguía todos los ejercicios de las sesiones de kinesiología para ganar algo de la musculatura perdida y esperaba con ansias el día. De a poco empecé a pararme y hacíamos unas cuatro o cinco seudo sentadillas que me dejaban muerta de cansancio, pero no quería desanimarme, lo que más quería en la vida era volver a caminar.

Entonces vino ese día tan feliz, pero lamentablemente no recuerdo bien la fecha. Mi dedo estaba sanando bien y la señora Mary seguía con sus curaciones impecables, así, un día la kinesióloga me dio autorización para intentar mis primeros pasos. Fueron desparramados y enclenques pero fueron una de las mejores sensaciones de la vida. Yo me juraba lo máximo, y sí, era lo máximo en ese momento. Quería lucirme y mostrarle a todos mi nuevo gran logro. Y también quería celebrarlo, así que pedí como algo secreto y especial (sí, nunca se enteraron en el hospital porque nos encerramos, ups) completos del Dominó para todos.

Esa tarde estuvieron mis tías, mis papás y el Rodrigo. En una escena tipo Teletón, cuando él llegó yo me paré de la cama, di unos pasos torpes hacia él y cuando llegué a su lado nos dimos un abrazo. Tan mal lo habíamos pasado y ahora ya estaba en pie. Era a la vez tener un pie dentro y el otro al fin afuera del hospital. Lo habíamos conversado varias veces, mis papás creían que pasaba algo entre nosotros y nos dejaban en la pieza solos, pero en realidad solamente conversábamos y yo en esos momentos me atrevía a decirle a alguien cómo me sentía en realidad, tanto en los días en que me desesperanzaba como en los que estaba optimista.

Después era más bacán porque llegaba a verme y era como que me pasaba a buscar para salir, porque me tomaba del brazo y nos íbamos a dar unas vueltas caminando lentito por los pasillos del hospital, entonces yo lo esperaba contenta y me sentía casi como si estuviera afuera. Para su cumpleaños le pregunté qué quería y me dijo: “Que salgas de ahí”. Y una vez me preguntó: “¿Cuándo nos vamos a ir de aquí?” Se había pasado el verano encerrado en un hospital y a mí todavía no me alcanza el corazón para agradecerle. Y también sufría, me lo dijo el último domingo que estuve ahí, mientras estábamos sentados en la sala de espera de la sección, mientras hacíamos una especie de recuento, porque intuíamos que quedaba poco. Me dijo que no me iba a ir a ver más y que yo le avisara cuando estuviera en la casa, que eso era lo que esperaba. Así lo hicimos, pues salí al otro jueves.

Tras la completada clandestina y esos últimos paseos entretenidos por el hospital, quedaban en realidad los últimos días. También un día sábado salimos con la Eli y el Felipe en la silla de ruedas para ir a conocer el Necrocomio. Yo, de pegada y de loca, quería conocer dónde ponían a los muertos, porque me habían dicho que era como tétrico y que llevaban los cuerpos a través de un túnel largo y estrecho que estaba en el subterráneo del hospital. Me llevaron, hicimos un video tipo Blair Witch Project en que corríamos por el túnel (bueno, yo no corría, a mí la Eli me empujaba corriendo en la silla de ruedas), gritábamos, aleteábamos y actuábamos. Después me fui a sacar fotos a la entrada del Necrocomio en la superficie. Fue mi turismo máximo, estaba feliz.

Por esos últimos días a mi primo chico, el Alexis, lo operaron ahí mismo de apendicitis. Ahí también me entretuve visitándolo, ya que estaba en el quinto piso y justo arriba de mi sección. Y yo estaba tan flaca y venida a menos que pensaban que me había escapado de mi propia cama del sector de Pediatría y las enfermeras me preguntaban con desconfianza de dónde venía y no le creían a la Fanny (mi tía, mamá del Alexis) que yo tenía 23 y que efectivamente era una internada de Nefro. Chistoso. Pero ese día fue más chistoso cuando quise llevar a mi mamá a ver a mi primo y nos quedamos encerradas en el ascensor por espacio de media hora, aaah, qué hermosos recuerdos. Quería contar esa historia aquí, pero es tan graciosa y pulenta en sí misma que la dejaré para después en solitario y no cortar ningún detalle (no, mamá, no te salvarás de la exposición pública).

El martes 9 de marzo tuve una pataleta. Me la pasaba entre el bien y el mal, entre el fatalismo y la buena onda, pero sobre todo ya estaba aburrida y me sentía bien, no quería seguir ahí. Clínicamente estaba mucho mejor y no podía quedarme solo para recibir las curaciones en el dedo, que además iban espaciándose. Llegó una de las doctoras que me había atendido todo ese tiempo, la doctora González, y la pobre tuvo que aguantar todo mi lloriqueo en que yo le explicaba que no pensaba pasar un fin de semana más, porque me moría de aburrimiento y porque me sentía morir, me angustiaba. Le pedí por favor que me dejara salir antes del viernes. Me lo prometió, me prometió que haríamos unos exámenes y que ella me garantizaba que no pasaría otro sábado en el hospital. Yo prometí no hacer más pataletas y no llorar más. Cerramos el trato con un apretón de manos. Cumplimos las dos.

La noche del 10 al 11 de marzo casi no dormí. Por ansiedad y porque estuvieron por horas de horas pasándome una dosis gigante de inmunoglobulina para que al salir no me agarrara una corriente de aire y muriera, aparte que aún estaba en la desnutrición por proteínas y era muy débil. No importaba la incomodidad, la falta de sueño, porque me iba a ir de ahí. Desperté y con la Ire empezamos a alistarnos. Me duché y me saqué el pijama… el problema fue ponerme ropa porque me quedaba todo nadando. Al final me puse unos bermudas que antes eran apretaditos y alguna polera, no me acuerdo bien, pero con mi ropa habitual me di cuenta de que era un literal atado de huesos. Triste, pero iba a solucionarlo, tenía que recuperar y superar mi peso (ahora peso 10 kilos más que ese día, gracias salud).

Estaba ordenado, todo listo, llamamos a mi papá para que llegara con el auto y empezar la mudanza. Yo salía a caminar por el pasillo a mirar todo por última vez, pero muy tranquila. Entonces la Ire se echó en la cama ya sin sábanas a descansar un poco, yo me tiré al lado de ella mientras mirábamos en la tele la previa del cambio de mando (oh, Piñera, haz una cosa buena y mete el Lupus al AUGE), pero entonces, ¡paf! Vino esa réplica gigante (que en realidad aplicaba como terremoto n°2) y yo tuve el impulso de pararme y salir a sapear cómo se movía el hospital. La noche del terremoto era tarde y previa al fin de semana, ahora estaba lleno de gente y todo activo. Me acuerdo de una secretaria que se aferraba a la pared y le pedía a dios que parara el temblor pero no le hicieron mucho caso. Mi papá iba llegando y le avisaron que ocupara las escaleras porque había temblado fuertísimo. Era cierto.

Así pasamos ese temblor, el otro fuerte y los demás chicos que hubo ese día. Pensábamos que era señal divina para que el Piñera no asumiera, claro, y yo estaba expectante a que llegaran mis papeles del alta. Me llevaron almuerzo y nada todavía. Me lo comí todo pero quería puro irme, no me importaba nada. Había mote con huesillos de postre y me dio rabia porque justo el último día habían eliminado esas jaleas pencas, pero bueno… ahora cualquier arroz con ratón me parece mejor que las comidas hospitalarias, ni siquiera por sabor, sino por el contexto, por la libertad.

Como a las cuatro de la tarde llegó mi salvoconducto y estuve lista para irme. Se llevaron todo al auto, desarmaron mi pieza y me subieron a una silla de ruedas para seguir el protocolo. Don José me llevó lento por el pasillo y salieron a despedirme todos los funcionarios. Yo estaba tan contenta de irme y muy agradecida de todos ellos, los quería mucho y por supuesto todavía les guardo mucho cariño, porque me hicieron toda esa estadía mucho más fácil. Les dejé aparte de mis versos (que contaban mi historia y que el otro día me los recordaron cuando fui a control) un par de regalitos que habían sido parte de la decoración de mi pieza. Antes nos habíamos abrazado con la señora Mary en mi pieza, cuando me fue a dejar mis papeles de alta, que firmé más feliz que perro con múltiples colas. Me deseó puras cosas buenas y así me fui con el mejor recuerdo del Hospital Clínico de la Universidad de Chile, lugar donde aprendí tanto, me devolvieron la vida, las ganas y también salvaron mi dedito.

Llegué a mi casa y empecé a rearmar mi vida, a empezar a vivir con Lupus, a aprender más cada día, en un proceso que sigue hasta hoy y que no tengo ni idea de adónde me llevará. De ahí tuve que ir un par de veces más a curaciones al policlínico de Traumatología en el mismo hospital y no lo pasé tan bien, echaba de menos con el alma a la señora Mary, especialmente el día en que me sacaron los puntos, cerca de un mes después de la operación. Entonces, les explico rapidito porque me duele hasta lo más profundo de mi alma acordarme, me pegaron unos tirones tortuosos que me rasparon todo el huesito y me sacaron unos chillidos que hicieron que mi tía Irene entrara a la sala de procedimientos pidiendo que me soltaran y dejaran tranquila. Yo nunca había gritado por mi dedo hasta ese momento. Por suerte fue uno de los últimos episodios en que sufrí por él, pero era como que me quitaran hilo curado (estaba seco ya) justo rozándome el hueso… era como una lija, en fin… lo dejo así.

Me habían dicho que en mayo mi dedo estaría ok, pero a mediados de abril ya estaba lista. Mi dedito estaba cerrado y hermoso, hermoso como sigue hasta hoy. El otro día me lo revisaron y me lo encontraron regio, pero supongo que yo soy la única enamorada de él. Mi niño símbolo, mi recordatorio constante de la fragilidad de la vida, de la incertidumbre, la alerta para no perder el tiempo, para no amargarme por cosas que no valen la pena. Me está costando a veces, porque no siempre es facilito vivir así, pero de verdad les juro que lo intento. Hoy no ando tan de buenas pero como siempre trato de echarle pa delante. Entonces a veces lo tomo y lo beso (ehm, soy hiperlaxa) porque es mi lección máxima de mil cosas. Y esa es la historia de mi dedo, que por suerte sigue, aunque con un pedacito menos, sigue pegadito a mí.

FIN

La historia de mi dedo (parte 3)

dedo cheuto

Así más o menos se veía mi dedo antes del procedimiento.

Tal vez en esta parte de la historia sea conveniente empezar a fechar los hechos concernientes a mi dedo. Nos situamos entonces en el miércoles 20 de enero de 2010, justo un año y medio atrás. Esa madrugada llegué a Santiago y esa misma mañana fui con mi tía al Hospital San José, donde la dermatóloga dra. M. me vio en la buena onda, como un favor para mi tía, que trabaja ahí. Le conté lo que me habían dicho en Punta Arenas: que el dedo estaba resfriado. Claro, le causó más gracia que a mí el día anterior y me dijo que no, que estaba infectado, infectadísimo.

El dedo estaba feo y se me empezaba a hinchar el pie. La doctora me dio antibióticos y dijo que en un par de días la inflamación, la fealdad, el dolor y la fiebre debían empezar a ceder. Si no ocurría, tendría que regresar. Me fui para la casa a hacer reposo y antes que pasara un día, a la fiebre y todo ese dolor muscular, se sumó la artritis. Pensé que volvía por causa de la infección, me parecía que tenía sentido. Entonces ya todo me parecía bastante horrible porque definitivamente, no podía moverme. De pronto, como por un hechizo, uno bien malvado, era como si me hubieran desaceitado cada una de las articulaciones. Hacía tanto calor en Santiago, me llevaron a la pieza más fresca de la casa de mi abuela, que lamentablemente, tenía la cama más alta, así que ahí tenía que quedarme, y pedir asistencia si necesitaba ir al baño o moverme para cualquier cosa.

Así pasé miércoles y jueves. Más encima, cuando volví del hospital (agárrense los delicados), sufrí un pequeño accidente en el dedito. Explico cómo estaba. Tenía el dedo hinchado, rojo y quizás con materia, que nunca fue muy dada a salir, así que no piensen en pus. Debido a la hinchazón, la uña tendía a salir de su espacio, quedaba algo suelta. Por esos días estaban pintando el living donde mi abuela y los muebles no estaban en su lugar. Yo me movía con dificultad, saltando con el pie izquierdo, es decir, más torpe aún. En eso estoy cuando sin querer, le doy un chute, pero un chute cuático, a uno de los sofás, justo en el palo que llevan abajo, aterrizando sobre el palo con todo mi dedo y con nada más que el dedo. Sentí un dolor horroroso y un líquido tipo plasma empezó a salir, pero sobre todo, sentí que la uña definitivamente se había soltado. Y así quedó colgando. Pensé que podía dejarla así, porque iba a estar sin moverme… yo pensé muchas cosas que no eran nomás.

Al día viernes 22 de enero teníamos: dedo al aire, pie rojo hinchado, uña colgando, líquido con sangre saliendo de vez en cuando, fiebre que no cedía, dolor articular generalizado. Con todo esto, volví al hospital, no me quedaba otra. Me vieron de nuevo en la buena onda y me dijeron que me tenían que hacer un drenaje, pero para eso tenía que ingresar como todas las personas, lo que me pareció bien… por la urgencia, lo que no me pareció tan bien… y ahí me realizarían el procedimiento. “El procedimiento”, a mí nunca me habían hecho un “procedimiento” y no se me hacía que la dipirona intramuscular de la posta de Punta Arenas contaba (con todas las inyecciones que recibí en el mes y medio por venir, definitivamente no).

Pasé con mis dos tías y me empezaron a hacer el ingreso. En el San José, aunque había mucha más gente, todo me parecía más serio y más organizado que en Punta Arenas. Creo que afuera se quedó esperando mi papá. La verdad solo creo, me acuerdo que me llevó de vuelta a la casa, pero no sé si estuvo toda la mañana… disculpen si a veces contando me olvido o confundo cosas, pero ya ha pasado un buen rato y además fueron tiempos complicados, si se entiende…

Me acuerdo que me hizo mucha gracia que en la pulsera de ingreso decía que yo tenía 21 años. Me juraba lolita y trataba de presumir de ello. Esos días aún me quedaban ganas de presumir de algo y aún me juraba mina o la última chupada del mate o el hoyo del queque. Con un dedo podrido, pero regia igual, según yo. Ahí estuvimos esperando un rato, fue durante la mañana creo, a que me hicieran el procedimiento. Entonces me hicieron pasar a un pabellón de la Urgencia, un lugar hermoso, inolvidable, que más abajo paso a describir.

(El próximo pasaje podría ser desagradable para algunas personas).

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