La historia de mi dedo (parte 8) – ¡Terremoto!

Post terremoto

De regreso en mi pieza tras la evacuación, me identificaron y me pusieron "Tamara Sancyn", pa variars mi apellido degenerando en lo que sea.

Estuve en la sala de post operatorio hasta que pude mover las dos piernas otra vez. Algo ya podía moverlas porque me tenían con kinesiología para que no se me acortaran los tendones por la inactividad, a pesar de que no pudiera caminar. Tenían el Festival de Viña puesto en una tele y los funcionarios se reían de los chistes del Coco Legrand, mientras unas cuantas personas salían de su anestesia escuchando carcajadas y el sonido confuso de la tele. Me subieron a mi habitación y ahí estaban mis papás y mis dos tías. Llegué como una estrella de rock aunque muy perna, alzando los brazos para saludar a mi público haciendo el signo de la paz. Sí, estaba drogada, y mi familia se aprovechó de eso. Pero también estaba feliz porque todo había salido bien, así que estuvieron felices ellos también.

No me acuerdo de ningún chiste del Coco Legrand, pero me reí de todos. Mi tía me sacó fotos y yo posaba muy ridícula y muerta de la risa, sentía que las cosas de verdad iban a mejorar desde ese momento. Esto es vergonzoso e íntimo, pero todos se rieron cuando según yo iba a ponerme sola calzones y entre que tenía las piernas medio dormidas y mi torpeza generalizada, metí las dos piernas a un puro hoyito del calzón porque se me escapó el otro. Estaba de muy buen humor, todos podían reírse de mí esa noche. Más tarde me dijeron que tenía que hacer pipí pronto para botar la anestesia o si no me tendrían que poner “la sonda Foley” y así que yo no juego, mis queridos lectores. Me puse a tomar agua vueloc (vuelta loca) y a los quince minutos estaba orinando.

A mitad de la noche terminó la anestesia y desperté vociferando del dolor. Debajo de un vendaje espectacular, sentía un dedo pelado que volvía a latir, esta vez, vivo. Ese dolor no importaba mucho, era para mí como una señal de recuperación, íbamos a avanzar desde ese momento. Al otro día llegó el doctor Pablito Silva y supimos que ya estaba libre de todo mal, que me habían quitado un poco de hueso y de articulación pero que mi pequeño dedín estaba limpio. Me explicaron eso sí que las osteomielitis tenían un largo tratamiento y curación y me decían que más o menos en mayo podría ver mi dedo normal. No me parecía tanto tiempo después de todo lo que había sufrido por su causa. Si la fiebre se iba, yo me aguantaba todo lo demás. Continue reading →

La historia de mi dedo (parte 5)

El día que llegué al Jota

El día que llegué al Jota, haciendo estupideces.

No sé cuánto rato estuve en ese pasillo, después me llevaron a una sala en la Urgencia donde quizás hasta pasaría la noche, al lado de una señora a la que ponían plasma o algo similar. De pronto, empezó a ponerse colorada y a jadear… me imaginé que le estaba dando una reacción alérgica. Eso era. Me asusté y llamé a la gente pero estábamos algo alejadas de los pasillos y nadie venía. Yo no podía pararme y quería ayudarla. Al rato apareció alguien y la normalizaron no recuerdo cómo… no quería quedarme ahí y estar pasando sustos. Me acuerdo que hacía mucho calor también.

Cerca de las diez de la noche me pasaron a sala oficialmente, no me acuerdo en qué sección del San José estuve ni en qué piso, pero sé que la primera noche estuve en una pieza con dos mujeres más. Todo me parecía tan triste y con un cierto sabor a precariedad, no por parte de los funcionarios, sino por parte de las enfermas que estaban ahí, que estaban como en un estado de normalidad y resignación con respecto a su mala salud y yo no lo entendía bien. Me hacían preguntas sobre lo que me había pasado y yo explicaba solo lo que sabía: “Creo que me entró una infección al dedo y además tengo artritis, quieren ver qué es”. Esa era toda mi información y en realidad era la misma que tenían todos, al otro día se iniciaría la investigación.

Entonces comenzaron mis días doctor House. Exámenes, exámenes, exámenes, exámenes. Me sacaron sangre y se descubrió que mi sangre estaba hecha un desastre, un desastre apocalíptico. Anemia era lo menos; lo más grave era el bajísimo recuento de leucocitos que me estaba quedando. En breve podría haber muerto, porque defensas casi no tenía. Todos sufrimos y temimos. También me acuerdo que sufrí montones cada vez que me tomaban radiografías del pie. Yo estaba hinchada por la artritis y apenas podía moverme. Tener que ponerme sobre la mesa de rayos X y apoyar el pie era una tortura, solo superada por la tortura mayor de tener que poner el pie de costado, pegando el dedo malo a la mesa misma. Quería llorar todo el tiempo. Continue reading →